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ABUELOS, ABUELAS Y TERAPIA PROPIA, CAPÍTULO 2

Buenas noches, lectores ingratos. Espero hayan tenido un buen día y hayan hallado la paz que tan ociosamente piden y siguen pidiendo a gritos. Hoy decidí regalarme dos tandas de inspiración musicológica y estrujarlas a más no poder: y terminé, como todo un pretencioso carmín, teniendo que empezar el capítulo 2 cuando no quería. Por lo menos por la mañana no quería. Y ustedes podrían preguntar: “¿por qué es un problema iniciar el capítulo 2 el mismo día que principiaste el capítulo 1? Y yo les podría responder: “no es un problema, pero no me da la gana sentirme realizado por haber comenzado dos cosas que tienen que tener una separación lógica y racional, por designio del de arriba”. ¿Qué más realizaron ustedes hoy?

Principiar es un verbo que usaba mucho el vejete de mi abuelo. Y lo más chistoso es que ni lo recuerdo como individuo: lo recuerdo como un viejo. Vetusto octogenario. Arrugado cantor. Mentiroso, no cantaba. Pero sí tomaba cerveza como todo buen trabajador, y quién sabe, quizás sí cantaba, quizás mi inmensurable talento se deriva de un par de genes amargados que persiguen mis cuerdas vocales y las afinan mas que anquilosarlas y cerrarme la boca. Y la garganta. Y todos esos músculos del cuello que explotan cuando ingiero aire hasta el estómago y lo guío a través de espacios resonantes de costillas y desvencijadas ilusiones. Perdiciones. Maldiciones benditas. Bonitas. 

Mi abuela, en cambio, no era vieja. Claro, menopáusica seguro desde que la conocí, pero en el fondo, en el alma, en el comportamiento y en la risa: no era tan vieja. -Y qué frase tan zalamera; dizque en el comportamiento y en la risa cual Arjona-. Porque me consentía y acariciaba las dos coronas arremolinadas de mi cabellera lisa. Llana. Roma. Porque desde chicuelo he tenido dos coronas, ¿sí les había contado? Es algo que solía enorgullecerme. Solía solemne solicitar sutiles salvaguardias de ego. Y mi abuela era tan linda. Aunque no la recuerdo mucho tampoco, porque más que ustedes: soy un ingrato. 

Cimitarras cortantes. De plata. Espadas gitanas. De oro. De oropel. Poesía musical. Angelical. Espectral. Expectante cortante. Eso, vuelve al comienzo. Comienzo de incienso. Incienso roto. Que no consigue quemarse por completo, y queda ahí, inconcluso como todas nuestras divagaciones compartidas. Recordemos que estamos, actualmente, en el segundo capítulo de la quinta edición de pensamientos públicos. Si no están familiarizados, lectores viciosos, Pensamientos públicos® es una serie que llevo consumiendo a más no poder los últimos dos o tres años. Porque consumo mis propios escritos. Como drogas. Quién sabe, quizás las palabras sí actúen en estos ambientes como cocaína barata. Que no puedo aspirar porque tengo el tabique roto. Changos, palabras rotas y rimas de atún. Atunes y ballenas, como una canción de mi cantante favorito. No es mi abuelo, mamón. 

Hace como tres días escribí algo tan bonito, a mi parecer, que tengo que compartirlo con ustedes. Ahí va: 

“Sopa de párpados. Párpados de paredes. Párpados de tomates. Tomates de peras. Peras de diamante. O elefantes de diamante. Diccionarios sin el abecedario. Sin la palabra abecedario.”

Qué tal, qué opinan. Espectacular, ¿no? Es fácilmente lo mejor que he escrito. Eso y: 

“Varias veces vi voraces perdices, vadeando verdes viñedos vomitando lombrices.” 

Qué tal, qué opinan. Y se ve mejor en cursiva, qué ocurrente. Bueno, ya les impuse mucho hoy. De verdad. Gracias por bearing with me. Como dicen los gringos. Mañana volveré a saludarlos. 

Sin más: zalamelé. Búsquenlo, perezosos. 

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INTRODUCCIÓN PERENTORIA A UNOS PENSAMIENTOS PÚBLICOS PERENTORIOS, CAPÍTULO 1

¡Saludos, oh, los que leen, los que me leen, los que leemos, a los que nos leen, buen día el día de hoy! Es menester que sepan, lectores ingratos, que nos adentraremos nuevamente en mi perniciosa mente demente que consiente habladurías y groserías tristes, divagaciones amargas y elucubraciones púrpura. Este página, como introducción, hará parte de la primera entrada pero ¡no te confíes! Será mi deber continuar con la labor del diario, aunque se sobrepongan las labores carnívoras, unas con otras, sobrelapadas, superpuestas, aunadas, unidas, unificadas, conglomeradas, aglomeradas, ad infinitum. 

Ahora, cuestiones de forma; primero: títulos en mayúscula. Ya decidido. Segundo: letra Libre Baskerville para los títulos. Mi favorita. Tercero: letra cursiva. Tamaño 14. Para los títulos, claro*. Porque somos cursis. Románticos empedernidos. Acérrimos romanticones de poemas y baladas. Y flores desdichadas. Siguiendo con las cuestiones de forma, cada entrada ostentará después de una coma entrometida la palabra capítulo y el número del capítulo. Podríamos empezar con una definición, de esas que nos gustan, de esas las favoritas, una definición de la palabra capítulo que es muy bonita si te pones a declamarla: “1. m. División que se hace en los libros y en cualquier otro escrito para el mejor orden y más fácil comprensión de la materia”. Si bien esa definición de la RAE no me erizó los pelos ni me puso la piel de gallina, podemos usarla para describir la forma -otra vez hablamos de forma, lectores- en la que vamos a dividir nuestra serie de pensamientos públicos. Cada capítulo estará acompañado de la fecha en la carpeta del diario, pero no en la carpeta específica de la serie. Como para ordenarnos. Y justificarnos en todos los párrafos. Y ya no más forma porque me estoy aburriendo hasta yo. 

*Ahora, es indignante que tengas que preguntarte: ¿qué pasó con tus consignas titulares? Preguntarás, ¿por qué no está el título en cursiva? Y te responderé: no lo sé, WordPress y su dictadura. Dejémonos de quejumbrosas quejitas malcriadas. Aceptemos el destino como viene, o se nos viene dentro y nos embaraza. Jajaja.

Ahora, contenido. Pero esto es más divagación que agenda, porque ¿cómo decidimos el contenido sin habernos bandeado por los lares de la fisicalidad? ¿Las fiscalidades de la fisicalidad física? En otras palabras, ¿cómo sé a priori cuáles serán los movimientos de mis dedos sobre el teclado? Porque escribir, y más poemitas pendejos y divagaciones apocalípticas, es una cuestión de improvisación pura. Algo musical, como las canciones bailables de antaño. Incluso contemplo la chatarra que es mi máquina de escribir querida, computador formateado, libre de todo bit, de todo mal, como un instrumento el cual mi motricidad fina usa y abusa y acusa y deshace, entre explosiones de lágrimas y corrientazos viles. Mandriles con sus colas despampanantes y concupiscentes. Indecentes miraditas y guiñadas de ojos verdes y amarillos. Muy pillos. Zorrillos.  

Ahora, prosigamos con la entremezcla entreancha. Forma y contenido, cogidos de la mano, saltimbanquis coquetos aglutinados en pleno colapso de la civilización occidental: inseparables. ¿O es solo imaginación mía? ¿O es posible cercenar esas manos pálidas que no se sueltan? No sé. Lo dejo a su disposición, lectores ingratos, y no creo que pueda volver a nombrarlos por el sustantivo solitario sin el adjetivo que demuestra su ingratitud y falta de agradecimiento. Porque “Las redundancias tautológicas deberían aceptarse sin ignominia ni oprobio.” (Maraña, 2018). No creo poder volver a considerarme su amigo. Pero quiéranme. Todavía un poco. Hasta pronto, comandantes.  

Por qué se cristalizó el azúcar en mi ponqué, ¿tú sabes? Lo dejaste a la intemperie frigorífica. Cómo así. Fuera del refrigerador, compadre. Compadre será tu madre. La tuya, groserazo: tú eras el que no sabías por qué se cristalizaba el azúcar de los ponqués. No es tan intuitivo. Claro que sí, ¿nunca hiciste caramelo? ¿Manzanas acarameladas? No, caramelo. No. ¿Y arequipe? Tampoco. ¿Y melao? Qué es eso. No pues nada. Ay, dime amigo. Por qué habría de, si tú estás grosero a morir. Porque es mi cumpleaños. Bueno, a ver, ¿si recuerdas, en las manzanas, que vas derritiendo el azúcar hasta crear el caramelo bendito que las envolverá? Sí, más o menos: se pone oscuro. Exacto: eso que pasó con el azúcar que pusiste a derretir para tus peras fue lo que pasó con el azúcar de tu ponqué. Manzanas, viejo. Sí, sí, tus manzanas. O sea, ¿es natural? Lo natural es que nos comamos el ponqué y que dejemos de decir pendejadas. Está bien. Feliz cumpleaños, amigo. Gracias, amigo. ¡Salud!

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Día 3, o 6, o de amores y despertares tristes

Hoy no quiero compartirte, divagación, escritico voraz, pequeñísima composición de sinfines de pensamienticos públicos y privados; hoy estoy como frágil, un poquito. Y no me adhiero a mi regla del tres bendito, angelical, espectral: Julio Profe se puede quedar con sus enseñanzas fantasmagóricas y soltarme la correa en este mundo de praderas de hielo y pastizales de amor. Ella usó mi cabeza como un tambor, y mejor digo tambor porque si dijera pistola o rifle o carabina o arcabuz sería un vil plagiador como los sudamerican rockers que se entremezclan en mis tendones y me hacen trastabillar pasitos de danzas macabras. Y estás que metes referencias musicales donde no caben, Paco. Sigue así.

En un par de días, lectores ingratos, tendré el placer sui generis de presentarles “Pensamientos públicos, RELOADED”. Nos embarcaremos en una vorágine de reflexiones autoconocedoras y exaltadoras de genialidades escondidas: tú, yo, nosotros, vamos a acendrar nuestra vida con el hierro ardiente de las espadas de mil ángeles; atízame el alma, Jesús, atízame los cromosomas y préndeles fuego para que pueda camuflarme en las texturas hirvientes del averno.

La inspiración, o el soplo divino, o el duende (como lo llama mi amigo el de los gustos prohibidos, don Garci Loca), o la sustancia X -si nos ponemos de científicos y naturalistas-, llega a mí todas las noches exactamente a las 3 de la mañana. 3 de la mañana, dirás tú, ¡esa es la hora del de abajo, no la hora del de arriba! Yo te respondo: soy un filósofo de pacotilla y si Juan Paulo Sastre dice que las 3 de la tarde es la hora maldita ¿quién soy yo para no considerar mi hora bendita las 3 de la mañana? Un artistica. Un escritorcillo de dientes rotos y almas compartidas. Porque también quise ser actor, ad maiorem Dei gloriam, el día de hoy.

“Libre albedrío tendrán las hormigas” (Maraña et al, 2017), y si Maraña el infame dijo eso, ¿qué tendremos hoy para ofrecerte, Señor? Te ofrezco un par de odas, de amor. Compongamos, como por la libertad que nos provee el español (mentiroso, tú lo coges por los cuernos y le das las vueltas que no se merece, desagradecido); compongamos sinfonías de mañanas tristes y de tintos solitarios, de cigarrillos rosa y de alfajores de sal, de zapatines de charol y niñas bonitas desahuciadas de maldad. ¿O no? ¿O serán estos serafines -como “personas de singular hermosura”- los que me hincarán al suelo, después de destapar mis verdaderas pretensiones, exponerme al vulgo, al escrutinio público, después de acompañarme por un viacrucis de flores y perfume y nomeolvides, y olvidarte, sin quererlo, queriendo, secándome de a poquitos las lagunitas de melancolía que se estancan en mi piel, dejando desierticos de piedad y promesas en vela por ahí, regados por mi cuerpo, asfixiándome los poros desde adentro? Hoy mira al cielo, y piensa en mí.

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Tengo frío en los pies

No entiendo el porqué de mi desazón de hoy. ¿Será el clima? ¿La nubecita impertinente sobre mi edificio? ¿El aguacero que amenaza con inundar los poritos de mi piel?

Pero qué pesado estás. Qué sombrío. Cuando el vendaval se desgaje sobre mi meseta feliz y los niños lloren, como los perritos al trueno, me mirarás a los ojazos esmeralda y me dirás: ¡hola, escuincle, deja de pensar que tus ojos son verdes porque de verdad son cafés! Con manchitas amarillas. Por las mañanas. Por las noches se ponen de color gris, como el cielo vespertino de mi bonita ciudad. Cuando las calles se tiñan de nieve, pero nieve criolla, granizo sucio sobre el pavimento rebosante de hollín, y los carros se estrellen unos contra otros sin querer queriendo, como carritos chocones en Salitre Mágico, me elevarás sobre tus hombros y me mandarás a volar, diciendo: ¡adiós, alfeñique, abre tus alas y trasciende la estratósfera porque te lo mereces! Y lo haré. Y me perderé entre firmamentos de mentira. Y pensaré en ti.

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Moisés remilgón

Le informo a la audiencia que, simbólica y empecinadamente, mantengo el número del mes en romanos traidores a pesar de las burlas o posibles tildamientos de esnobismo universal. Tildamientos porque tenemos que sustantivar todo verbo cuanto se nos antoje, ¿y quién más sino dios el que nos encomendó sus 10 tildamientos? No seas blasfemo, pollito. Estoy por firmar una carta, o quizás un chequecito (porque soy todo un Mayor), y encuentro que se me confunde el día con el mes: ¿tú escribes el día de primero, o lo escribes al revés? No te compliques y emúlame, pecador, porque de algo tengo que vivir.

Por allá en la punta de la montaña vive doña Esperanza Jesusa de Ortiz, comiendo perdices y siendo feliz. Su mansión tiene cuatro paredes: en la que apunta al norte (le da la cara, osea la del sur) puso con esmero el Cristo de la pared, como para enorgullecer a sus papitos; la que saluda al solecito matutino se precia de tener empotrada la puerta y de pintarse de oro cuando canta el gallo; la que mira la civilización de occidente carga el gravamen de un espejo, en el que se emperifolla todas las mañana antes de salir a ordeñar, y la del norte, la más remilgona, la más “shick”: no tiene nada.

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Mañana nutritiva

De melancolías y nostalgias se nutre la mañana: zarrapastrosa, quejumbrosa y escabrosa.
Preguntarás por qué tantas osas veleidosas y responderé que son hermosas las morosas pretenciosas, pero temo por mi integridad física y mental porque mi respuesta no te podrá satisfacer. Y deja las rimas de lado, filisteo, hoy no estás como para componer(te) canciones y odas de amor.

En la suela del zapato derecho hay una manchita de color carmín. Pintalabios  aunque yo le digo colorete-, quizás, pero a mí y a todos nos suena y nos parece que puede ser sangre. No le vayan a decir a mamá Beatriz porque nos castiga. El zapato derecho parece de Joaquín, pero este niega y refunfuña que sea de él, además, tiene puestos unos tenis de colores desde esta mañana y no creo que se los haya cambiado. Dejamos el zapato en el centro del cuarto y nos sentamos alrededor, sobre el piso; cada uno va a intentar explicar cómo el zapato llegó aquí y a qué se debe la manchita color carmín. Empieza Joaquín, porque todos pensamos que es el principal sospechoso, y dice que el zapato lo trajo el espíritu de doña Cecilia desde el más allá y que la manchita es sangre de algún niño que se portó mal cuando doña Cecilia vivía en la casa. Le preguntamos entonces qué cree él que pasó con el niño, cómo se portó mal y cuál fue su castigo, y se queda pensativo pensando la respuesta: no le tenemos paciencia y pasamos a otro por otra explicación. Le toca a Juana, porque preciso está sentada a la derecha de Joaquín, y nos cuenta con voz silenciosa que el zapato perteneció al tatarabuelo del dueño de la casa y que la manchita es sangre de las víctimas de este, porque era un asesino muy malo. La escuchamos, atentamente, pero a ninguno le suena creíble la historia porque el zapato es muy moderno para ser del tatarabuelo de alguien; caemos todos en cuenta de esto y le decimos a Joaquín que tampoco podría ser de algún niño de la época de doña Cecilia porque ella es vieja, muy vieja.
3.VI.2018, 6:32 p.m.

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Por ti

Por ti me aguanto la película entera. Aunque me aburra, o sea burro, y/o me exaspere y me ponga a mariquear con las batutas de las manitas sobre los bombos inmarcesibles de la almohada. Cual rock’n roll star. Mentiras, solo rock en español. Por ti dejo la última cucharada del postre. Aunque me estalle de ganas, o de orgullo, y/o me retuerza entre decisiones y termine pegándole un lengüetazo de la piedra. Cual niño malcriado. Mentiras, niño consentido. Por ti me conformo con una sola cobija. Aunque me congele, o me incendie de frío, y/o pavimente mis poros con piel de gallina. Cual imberbe en invierno. Mentiras, cual provinciano en Bogotá.

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Día 2, o de continuaciones y legados

Escribí en algún cuadernito, alguna vez, que a partir de ese momento no iba a pasar día sin que hiciera los honores debidos y me fuera a desternillar enterito hasta vaciarme de municiones literarias -estrafalarias-. Cual escopeta de palabras. Cual revólver de acápites acaramelados de miel. Cual fusil de locuciones de amor.

Conspicuamente y sin que tengas que inferirlo de a mucho, llevo incumpliendo la consignación de los mil demonios por años (mentiroso, máximo tres). Hoy me tomo la bondadosa tarea de cumplirle a mi yo pasado. Hoy me tomé la maldadosa tarea de matar un pedacito de mí; lo cogí del pescuezo, le acaricié la mejilla y le dije: ¡oye tú, entrometido, debiste haberte ido hace rato a volar pero no, ahora tuve que matarte! Y me miró asustado como 10 segundos seguidos. Y le devolví la mirada, impasible. Y entonces hizo un ademán de “me tiene sin cuidado lo que hagas”. Pero no le tuvo sin cuidado al occiso, porque murió.

Las redundancias tautológicas deberían aceptarse sin ignominia ni oprobio. Si yo quiero destacar lo enfatizable, ¿quién eres tú, Creador, para ordenarme quedarme calladito y no decir nada? Demiurgos de pacotilla no me dejan ser y por eso es mi deber desvelarme, todito, y en prosa mis divagaciones roer. Y cuánto a que no sabías que roer en inglés se dice to gnaw. Estoy que me gnaw. Estoy gnawing las circunvoluciones que revolotean desde mi celebro con los dientes de mis dedos jocosos color de hiel. Jajajaja, los dientes están hechos del mismo material que las uñas, cuánto a que no sabías eso tampoco. Apostemos.

WordPress y su dictadura imprimen arbitrariamente separaciones inconfesables entre (mis) oraciones. Yo quiero llegar aquí y regarme en tertulias sin censura, pero llegas tú, nuevo amo, el de la W., Wilson, o Williams -para no decir que no vemos deportes de caché- y me obligas a separar mis frasecitas inocentes, unas de las otras. Para eso adoquíname un muro de papel en los pulmones. Intercepta mis conexiones nerviosas con tus bits antropófagos. Inunda mis ventrículos de numeritos, 1s, 0s, los hunos y los sin-ceros. Así y solo así lograrás tu cometido de exiliar esto que fluye por pastizales impolutos de inspiración, basura y amor.

No más divagaciones por hoy.

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Abuela

-Abuela, ábrame la puerta que no sé usted dónde deja la llave.

Este chino pecueco me va a dar es un infarto, donde siga importunándome con sus pequeñeces de escuincle lo dejo afuera toda la noche. Mentiras, un par de horitas porque qué pecaíto luego se me enferma.

-Abuela, cánteme un ratico que estoy aburrido.

Este chilindrín me enerva con sus peticiones, pero lo que no le digo es que me hincho de orgullo cada vez que agarro mi compañerita de madera y tripa y lo entretengo, así sea un ratico. Encomendaré boleros al señor, porque sin boleros no hay corazón que aguante toda una vida.

-Abuela, prepáreme un postre de ciruelas que me retumba la panza.

Este nietecito lindo se me va a poner como un globo, y aunque ya suficientes gorditos hay en el mundo no puedo por la buena voluntad de Dios dejar de cebarlo como a un cerdito en Navidad. Lo que no sabe es que el susodicho postre es una pócima de juventud y buenas migas, porque sin una ayudita nutricional esta manzanita se me va a podrir.

-Abuela, déjeme en paz ahorita que ni que fuera su único nieto.

Este pelaíto irrespetuoso me va es a matar de pena moral, cuando él sabe que esos chistecitos no le hacen bien ni al de abajo ni a su servidora. Esta nochecita lo dejo afuera y apago la luz y me olvido de arrullarlo y escatimo par canciones y cocino para mí solita un pastel de cerezas y ciruelas y todos los frutos rojos habidos y por haber con cuatro extra cucharadas de azúcar, porque hay quien dice que un nieto malcriado por la abuela se queda con ella hasta que muera.

29.III.2018

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Entradas, gripe y enfermedad

Hoy detoné sobre mis amígdalas purulentas y edematosas un arcabuz de azitromicina, en contra, pontifico y reitero, de mi voluntad: libre albedrío tendrán las hormigas. -Inscribir cada entrada del diario con un “hoy” se siente, milagrosamente, revitalizador: sigue así y te convertirás en una persona de hábitos diurnos y rutinas emprendedoras-.

Al que madruga Dios le ayuda, o eso dice dios, o eso nos inculcan para tenernos adormilados y con la babita escurrida todo el día.

Volviendo al antibiótico destructor, vil arrasador de colonias pacíficas de bacterias con alma, pura, incorruptible: me abrieron el gaznate cual pato y con un embudo de esos de plástico comprados en todo a mil me insuflaron la garganta a punta de agua -de mi botella personal para no ir a contaminar a la familia, tan considerados- rebosante de pepitas malditas: vitaminas, oligoelementos y minerales, acompañados de bombas en racimos nada más y nada menos que para mis hospederos. Porque según los patólogos, nosotros no somos más que huéspedes en un cuerpo cuya celularidad se ve sobrepasada en magnitudes de los miles por microorganismos benditos, verdaderos dioses en la concepción del mundo.

Sigo con gripa, vida berraca, a ver si por fin me curo. Juajua.